EL TIEMPO DOCENTE, REFLEXIONES EN EL DÍA DEL PROFESOR.

La Semana pasada el Mineduc convocó a una charla sobre el estado de la situación de los Niveles de Logro del SIMCE y los Mapas de Progreso, sistemas que permitiría a los profesores identificar de mejor manera dónde se ubican sus alumnos y alumnas en relación con determinados aprendizajes. Margaret Forster, la experta australiana que asesora al Mineduc en la implementación de estos mapas, contaba que la evidencia de investigación señala que los profesores en general señalan que no tienen tiempo para profundizar en estos mapas, asunto no menor para esta investigadora, ya que mostraría que los docentes estarían más enfocados en “instruir” que en “el aprendizaje de sus alumnos”. Este juicio tan categórico y simple me quedó dando vueltas durante toda la conferencia, en la cual era posible observar a nuestros investigadores en educación, pero de seguro a pocos docentes de aula, que probablemente no habían sido invitados o si lo habían sido, no tenían “tiempo” para asistir.
Las políticas educativas de la Reforma educativa han sido bastante prolíficas en programas y proyectos, los cuales han llegado de forma desorganizada e invasiva a las escuelas y liceos. En esto, hemos sido cómplices diversas instituciones universitarias y ONGs que hemos participado de esta “laboratización” de la educación pública (hoy municipalizada), que atiende a los sectores socioeconómicos más bajos. Estas políticas han mostrado escasos resultados, e inevitablemente se culpan a las escuelas y sus equipos directivos y docentes. La principal causa, dicen ellos, es “la falta de tiempo”. Entonces volvemos a una especie de problema esencial o fundacional, nuestra política pública en educación se ha encargado de implementar una serie de dispositivos, pero sin ninguna atención al hecho de que en Chile se paga al docente por “hacer clases en el aula”, es decir, “todo lo demás” queda en el plano etéreo de la voluntariedad de la mal interpretada “vocación docente”. Desde la investigación educativa identificamos condiciones básicas para el éxito de cualquier desarrollo de nuestras escuelas: mayor coordinación, trabajo en equipo, reflexión permanente sobre los proyectos institucionales y manuales de convivencia, mayor involucramiento de la comunidad escolar, trabajo interdisciplinario... muy bien pero ¿cuándo?
Entonces encontramos que en nuestras escuelas y liceos no se alcanzan a registrar las experiencias, no hay memoria, porque tampoco hay tiempo para aprender de los aciertos y errores. Porque no se ha dado tiempo al docente para que reflexione sobre su quehacer con sus pares, para que se desarrolle realmente su profesión y no se quede en el encierro de su aula. La depresión y estrés docentes se relacionan con estas presiones institucionales que finalmente estallan a nivel del aula, en la soledad en que hemos acostumbrado a trabajar al docente, sin pagarle tiempo para que pueda trabajar y aprender con otros. Pero cuál es la gravedad mayor que tiene la ausencia de tiempo de reflexión para nuestros docentes: el que todos estos programas y proyectos no cuentan con la opinión ni decisión de los verdaderos expertos en aprendizaje, que son los mismos docentes de aula. La separación entre política educativa e implementadores técnicos sigue presente, donde las asesorías universitarias intentan mediar, pero sin éxito.
Tal vez la preocupación por el tiempo docente no ha aparecido en la política pública, porque alguien con ojo agudo habrá constatado que cuando das tiempo das poder.
Ps. Jorge Inzunza H.
Magíster en Ciencias humanas y Sociales




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